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Una vez que el viejo caserón quedó bajo dominio del Estado, y tal como sucedió en tantos otros casos semejantes, se procedió a la adjudicación del inmueble al mejor postor, bien a través de subastas más o menos públicas, bien mediante petición de los propios interesados a la mesa que a tales efectos levantaban los representantes de la Administración. Fue a don Antonio María Alvarez de Quindós y Gutiérrez de Aragón —que además de acaudalado personaje había sido gobernador civil y militar de Málaga— a quien la mesa concedió el inmueble, no se sabe si con mucha o poca licitud.

Ocurrió que para entonces el Ayuntamiento de la ciudad estaba interesado en llevar adelante algunas reformas en el sector, de manera que cuando supo que el señor Alvarez era el nuevo propietario de los edificios se dirigió a él interesándose por el tipo de proyecto que pensaba realizar, y, en su nombre, el arquitecto Dieglo Clavero presentó en 1852 el expediente que documentaba el proyecto de apertura de un pasaje que, desde la plaza de la Constitución hacia calle Fresca y desde la de Santa María a la del Toril (hoy Nicasio Calle), mediante el trazado de dos vías peatonales cruzadas en su comedio formando una casi perfecta cruz griega, iba a permitir enlazar cuatro puntos diferentes del intrincado centro urbano.

Hubo en principio discusiones entre promotor y Ayuntamiento, pues el último no entendía, quizá por la falta de referencia o precedente en la ciudad, qué era exactamente lo que se proponía construir el señor Alvarez. Al cabo, avenencia. No se supo si por convencimiento municipal o porque todavía y para entonces el ex gobernador civil y militar de Málaga disponía de aldabas locales suficientes, lo cierto fue que, tras un tira y afloja de dos años justos, el derribo del convento y la iglesia comenzó el día 3 de abril de 1854.Se sabe que dos años más tarde el pasaje ya estaba prácticamente terminado y algunos de sus vecinos y primeros comerciantes, establecidos a su largo principal. El pasaje, como es lógico, fue bautizado con el apellido de su promotor, Alvarez, que recibió toda clase de parabienes por parte de los patricios agavillados en la Sociedad Económica de Amigos del País, que planteó a las autoridades la necesidad de continuar impulsando obras transformadoras de semejante importancia, dado que el centro de la capital se encontraba prácticamente detenido en lo que concernía al urbanismo y su adecuado mueblamiento y presentación. Antes de que el nuevo pasaje se popularizara con el apellido de don Antonio María, los malagueños le llamaron Pasaje Nuevo de la Plaza.