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Por la mañana visitaban un centro comercial y luego se sentaban en el asiento que tenían reservado en el autobús, que iba siempre escoltado por los mismos dos motoristas. Tenían que tardar lo mismo en llegar al estadio. Y si para eso había que parar en el arcén, se paraba. Maradona jugó todos los partidos con las mismas botas, unas Puma King, y al terminar se iban a cenar al restaurante ‘Mi Viejo’. El plantel escuchaba un día tras otro las mismas tres canciones: ‘Eclipse total del corazón’, de Bonnie Tayler; ‘Gigante chiquito’, de Sergio Denis; y la más conocida de la banda sonora de ‘Rocky’. «Si no salías a comerte a los rivales con esa música, más la rabia, la furia y las ganas que teníamos todos, no existías. No podías formar parte de ese plantel».

Maradona fue capaz de olvidarse de sus adicciones durante semanas. «Jugué limpio. A mí la droga me hizo peor jugador, no mejor. ¿Sabés qué jugador hubiera sido yo si no hubiera tomado droga? Habría sido por muchos, muchos años ese de México. Fue el momento de mayor felicidad adentro de una cancha».El ‘Pelusa’ fue el jefe desde el primer día. En el triunfo ante «los karatekas» coreanos, en el empate ante sus compañeros del Calcio o en ese nuevo triunfo en la liguilla ante una Bulgaria a la que asustaron, a grito pelado, saliendo de los vestuarios. También en el primer cruce, ante Uruguay, donde cree que jugó su mejor partido de todo el campeonato. Y en los cuartos de final ante Inglaterra. El partido que estimuló a ‘El Gráfico’ a titular en portada ‘No llores por mí Inglaterra’.

El choque llegó con el recuerdo de la guerra de las Malvinas y dejó para siempre dos tantos inolvidables. En el primero se adelantó al portero Peter Shilton para rematar pícaramente con la mano. El árbitro, el tunecino Bennaceur, se tragó el engaño que luego el astro disimuló diciendo que había sido la mano de Dios. Años después, el colegiado recibió a Maradona con una túnica gris y le aseguró que no le guardaba rencor. Ahora, el futbolista tiene en el gimnasio de su casa en Dubai una foto del gol y al lado otra, dedicada por Bennaceur, posando con el árbitro.En el minuto 55 llegó el segundo tanto. El gol. El Negro Enrique le dio el balón y entonces Maradona emprendió una carrera prodigiosa, donde cambió varias veces las piernas de Carl Lewis por las de Nureyev, 37 zancadas hacia el arco con solo once toques de balón y seis rivales burlados hasta empujar el cuero a la red. El delantero inglés Gary Lineker admitió que fue la primera y única vez que tuvo ganas de aplaudir un gol del rival.